Una mañana de invierno.



Así fue como cada mañana de ese frío y despiadado invierno mi cuerpo permanecía cálido producto del paso a medio trote con tal de llegar a su encuentro, el aire frío golpeaba mis mejillas rojizas que exponían el calor que emanaba de mi ser. El corazón agitado, las piernas temblando producto de los nervios, los ojos llenos de añoranza y la música sonando a través de mis audífonos mientras avanzaba ansiosa. Con cada paso que daba sentía que el corazón se me salía y que en el estómago mariposas revoloteaban a gusto, las pupilas se me dilataron y unas margaritas afloraron en mis mejillas.
Al llegar, ahí estaba él sentado donde siempre y concentrado leyendo algo en Internet. Su expresión sería daba cierta sensación de que era una persona bastante sabia y distante, al verlo así me cohibía tanto que apenas si me salían las palabras. En los pocos segundos que tenía para admirarlo antes de acercarme, pensaba en lo inalcanzable que me es el solo hecho de tocar su mano o poder acariciar su mejilla. Sin embargo, cuando alzó la vista y me sonrió, el mundo volvió a tener colores y sentía que podía ser capaz de todo con tal de estar a su lado. Las fuerzas volvían a mis piernas y con el paso seguro mi cuerpo volvía a estabilizarse para acercarme a él, para poder hablar con normalidad y sonreír tímidamente. 
Cuando finalmente me senté a su lado pude apreciar mejor sus facciones y al mismo tiempo mantener una conversación, pero entretanto observaba sus ojos con sus párpados caídos, sus labios carnosos que ocultaban una sonrisa perfecta, su piel pálida y su pelo... Su pelo pelirrojo, que a donde sea que vaya seguro que destacaría, le daba un aire aún más interesante y sensual. Siempre que le miraba creía estar frente a un ángel. Además, me atrapaba con su intelectualidad y su elocuencia para hablar de temas tan interesantes que rara vez son conversados. Su mente culta inspiró e hizo danzar a la mía, que aún se mantenía dormida en el conformismo del saber diario. A medida que pasaban los días el conocimiento se acrecentó y las conversaciones eran cada vez más intensas, por lo que siempre culminaban en un enriquecimiento mutuo.
De este modo fue que el invierno más frío que ha tocado en el país, para mi fue el más cálido y el más colorido que haya vivido. Así fue como cada mañana parecía una carrera contra cualquier adversidad y contratiempo que se pudiese presentar. Y a pesar del frío, gran parte de mi persona se descongeló pudiendo finalmente danzar al ritmo de la agridulce sinfonía de la vida, porque había encontrado su camino y su inspiración.

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