Monotonía de cuarentena.
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Intensa monotonía que nubla mi pensamiento y me deja estancada en la deshabitada ciudad con mentes paranoicas, ahora el tacto es un acto prohibido en estos días de incertidumbre y la gente parece una amenaza. La ciudad antes atestada de gente ahora permanece vacía y silenciosa, casi como si no existiese o como si fuese una espantosa pesadilla. No hay pasos, no hay abrazos y la distancia crece poco a poco.
Mis días se han vuelto casi todos iguales, silenciosos y grises. Pasan lentamente cuando leo algún texto, mientras las horas parecen ser las mismas, creo que ya he perdido el sentido del tiempo. Tomo unas cuantas tazas de café al día para mantenerme despierta, porque el insomnio me consume por las noches, así que derechamente ya no sé cuanto estoy durmiendo y solo veo como se acrecientan las ojeras en mi cara. La música es lo único que le da vida a estos días de agonía y hace ameno este encierro, pues con ella puedo sentirme libre, aunque sea solo un poco, con algo de baile o con algo de canto.
Las tardes, ahora heladas, las llevo casi siempre acompañada de un buen té y de lecturas universitarias, no hay mucho cambio entre un día y otro, solo cambian los textos. Las cosas ya no cambian de lugar, ya no llego de un lugar y tiro mis pertenencias en cualquier parte, ahora todo permanece estático y con polvo. Las calles callan y el computador habla, no se calla en todo el día, mientras yo permanezco en silencio con la misma ropa de hace una semana.
Las mañanas suelen ser nostálgicas, pues al despertar sé que no puedo salir a hacer lo que antes para mí era una aburrida rutina y ahora tengo una peor, pero la vida es así, nos enseña a valorar lo que antes teníamos cuando ya es tarde y en escenarios que jamás antes habríamos imaginado estar, pero que ya estamos.
Mi intensa monotonía de cuarentena que me hace reflexionar y auto-conocerme aún más, que me hace sentir viva y muerta al mismo tiempo, que me hace conocedora de ideas que antes ignoraba por completo y que me priva de sentir la piel de otra persona. Ahora, somos como pajaritos en una jaula y vivimos en cautiverio con la esperanza de salir a volar de nuevo, libres.
Las tardes, ahora heladas, las llevo casi siempre acompañada de un buen té y de lecturas universitarias, no hay mucho cambio entre un día y otro, solo cambian los textos. Las cosas ya no cambian de lugar, ya no llego de un lugar y tiro mis pertenencias en cualquier parte, ahora todo permanece estático y con polvo. Las calles callan y el computador habla, no se calla en todo el día, mientras yo permanezco en silencio con la misma ropa de hace una semana.
Las mañanas suelen ser nostálgicas, pues al despertar sé que no puedo salir a hacer lo que antes para mí era una aburrida rutina y ahora tengo una peor, pero la vida es así, nos enseña a valorar lo que antes teníamos cuando ya es tarde y en escenarios que jamás antes habríamos imaginado estar, pero que ya estamos.
Mi intensa monotonía de cuarentena que me hace reflexionar y auto-conocerme aún más, que me hace sentir viva y muerta al mismo tiempo, que me hace conocedora de ideas que antes ignoraba por completo y que me priva de sentir la piel de otra persona. Ahora, somos como pajaritos en una jaula y vivimos en cautiverio con la esperanza de salir a volar de nuevo, libres.
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