Una mañana de invierno.
Así fue como cada mañana de ese frío y despiadado invierno mi cuerpo permanecía cálido producto del paso a medio trote con tal de llegar a su encuentro, el aire frío golpeaba mis mejillas rojizas que exponían el calor que emanaba de mi ser. El corazón agitado, las piernas temblando producto de los nervios, los ojos llenos de añoranza y la música sonando a través de mis audífonos mientras avanzaba ansiosa. Con cada paso que daba sentía que el corazón se me salía y que en el estómago mariposas revoloteaban a gusto, las pupilas se me dilataron y unas margaritas afloraron en mis mejillas. Al llegar, ahí estaba él sentado donde siempre y concentrado leyendo algo en Internet. Su expresión sería daba cierta sensación de que era una persona bastante sabia y distante, al verlo así me cohibía tanto que apenas si me salían las palabras. En los pocos segundos que tenía para admirarlo antes de acercarme, pensaba en lo inalcanzable que me es el solo hecho de tocar su mano o poder acar...