Ansía
Cada vez que siento el dolor en mi hombro me devuelve mentalmente a esa noche en donde nos devoramos con voracidad y dimos paso al salvajismo que luchaba por salir, que causó esas marcas en mi cuerpo como evidencia del deseo mutuo. Me sube la excitación al recordar sus ojos hambrientos de mi, concentrado en guardar cada detalle e invitándome a ser su festín, aumenta la sensación al pensar en como sus labios recorrieron cada centímetro de mi piel y no se intimidaron con cada curva, mas bien las disfrutaron con una lentitud enternecedora. En el momento en que nuestros labios se juntaron explotó el mundo, sentí el fuego recorrer mi cuerpo y cada pizca de raciocinio se evaporó de mi mente, solo quedó la necesidad de consumirme junto a él. Jamás antes me había sentido tan atrevida, con tanta necesidad de alguien, tan desesperada por su contacto y tan salvaje, dispuesta a atravesar mis propios límites. Sintiendo su piel junto a la mía me olvidé de lo prudente, de lo decoroso y nada importó el lugar o la posición que ocupamos mientras nos devorabamos con ansía.
Los jadeos incesantes junto a los cambios de lugar, al tiempo que desordenabamos todo como si un huracán de pasión hubiese pasado por ahí, daba cuenta de la intensidad que ambos estábamos sintiendo y se manifestaban en nuestros cuerpos marcados por mordidas, arañazos y moratones al chocar con todo a nuestro paso sin detener el frenético ritmo del deseo. Nuestro sudor se iba mezclando mientras nuestras caderas se sincronizaron en un vaivén enloquecedor, que podría jurar partiría mi cuerpo en dos, sentir sus dientes alrededor de mi hombro solo intensificaba mi placer y ambos estallamos de satisfacción cuando sentía que mi cuerpo iba a ceder. Así fue toda la noche hasta bien pasado el amanecer, el cansancio no existió durante esas horas y la imaginación nos invitaba a llevarnos hasta el límite, hasta que no había más espacio en mis hombros para sus mordidas y no había lugar libre de mis uñas en su espalda, hasta que mis piernas temblaron pidiendo un descanso y las sábanas estaban empapadas de sudor y fluidos.
Después de dormir un par de horas, el deseo salvaje se transformó en ternura infinita e hicimos el amor mirándonos a los ojos, su piel morena bañada en sudor se veía tan perfecta y me incitaba a abrazarlo, a morderlo, a que esté tan próximo a mi como se pueda, a no dejarlo ir nunca porque esperé tanto tiempo por este momento y al fin podía estar con él. Envueltos en las sábanas nos quedamos mirando fijamente a los ojos, los cuerpos entrelazados que compartían el calor del otro y los corazones agitados, dejaban en claro que las palabras, en ese momento, sobraban y las caricias expresaban más que cualquier frase que pudiese salir de nuestras bocas. Juntamos aún más los cuerpos, podía sentir el roce del vello de su pecho en mis senos desnudos, sensación agradable y extraña al mismo tiempo, su mano sobre mi cintura recorriendo de arriba hacía abajo me hizo sentir cómoda y nuestras piernas entrelazadas parecían hechas a la medida del otro. Besó mi cuello con ternura y siguió hasta llegar a mi boca, una última mirada antes de hundir mi cara en su cuello y dormir profundamente entre sus brazos, con su olor, con su ternura, con él.
Comentarios
Publicar un comentario